domingo, 12 de diciembre de 2010

La aventura del padre Patricio

Patricio Larrosa, cincuenta años, los últimos veinte en Honduras. Este sacerdote granadino llegó a Centroamérica con una idea, se puede decir que con una sola pero estimulante idea: ayudar a los demás a construir su propia vida. Y a hacerlo poniendo el acento en la educación de los niños y jóvenes hondureños. Veinte años después damos fe de que lo ha conseguido. El universo de Patricio son las colonias y barrios que rodean Tegucigalpa, la capital hondureña. La ciudad está enclavada en el peor sitio posible para levantar una gran urbe y las colinas que la rodean son los lugares donde se asientan los más pobres. Aquí se dibuja un laberinto de calles y casas que parece que se van a precipitar por los barrancos. De hecho, miles de familias viven en la más cruda de las pobrezas y muchas de ellas pierden su casa cuando cada año las tormentas se empeñan en desmoronar las colinas de Tegucigalpa.
Patricio vive en una de esas colonias, en la Monterrey, en la parroquia de San José Obrero. Aquí está el centro de operaciones de todos los proyectos educativos y sociales: colegios, centros infantiles, residencias, viviendas… Para gestionarlos creó ACOES, “Asociación Colaboración Esfuerzo”. Pero la clave del proyecto de Patricio es que todo lo llevan un gran grupo de jóvenes a los que se les ha formado para ello. Son jóvenes a los que Patricio acogió para apoyarles en sus estudios. Ahora ellos ya aprendieron a ayudar y dedican unas horas a este trabajo.

La educación es la clave

Uno de los ejes del proyecto del padre Patricio son las casas en las que viven jóvenes que provienen de zonas rurales y llegan a la capital a estudiar. El aislamiento geográfico en el que viven y la falta de recursos hace muy difícil que los estudiantes de comunidades campesinas puedan progresar.
Acogidos en estas casas tienen la posibilidad de continuar sus estudios y recibir una formación integral para luego poder ayudar a la promoción de sus comunidades de origen. Además, quienes viven aquí echan una mano en la gestión de los demás proyectos de la organización. Así se cierra el círculo: se ayuda a jóvenes que, a su vez, ayudan a otros. 145 estudiantes viven en las 11 casas que llevan el nombre de Populorum Progressio, en recuerdo de la encíclica de Pablo VI sobre el desarrollo de los pueblos.